jueves, 26 de mayo de 2016

Nueva terapia médica: ir a la montaña

Médicos y científicos nos cuentan cómo salir a la montaña puede cambiar nuestras mentes y mejorar nuestra calidad de vida.

senderismo1

Laguna de los Tempanos

Yo no soy más la llamada perdida de mi jefe
Yo no soy más una docena de e-mails no leídos
Yo no soy más una lista de tareas
Yo no soy más una ropa "Social"
Yo no soy más el almuerzo apresurado

Yo no soy más palmadita en la espalda, cumplimiento flojo
Yo no soy más una meta, una cota, un plan de acción
Yo soy las hojas
Cayendo en mis hombros
Yo soy la hierba bajo mis pies
Yo soy el viento cantando entre los árboles
Soy las aguas corriendo entre las piedras
Soy la arena de la playa
Soy pie descalzo
Soy pecho abierto
Soy una estrella fugaz que cae sin sonido


AUTOR - BRASUCA PAULO

martes, 2 de febrero de 2016

Dolina dixit




 "El amor, o es lo más sencillo del mundo, o es imposible"







miércoles, 13 de enero de 2016

Opinión de un Español sobre Argentina

Ignacio de los Reyes que es un corresponsal periodístico de la BBC.
Sin más que decir, empiezo...
Después de casi tres años en el país, el corresponsal de la cadena británica BBC regresa a Europa y nos deja una reflexión sobre las 12 cosas que aprendió estando en Argentina.
Lo que sigue no es más que un compendio muy subjetivo (y algo nostálgico) sobre algunas cosas que puede aprender un periodista extranjero de Argentina. Del trabajo y de la vida. De los paseos por la Avenida Corrientes, de los piquetes en la 9 de Julio, de las caminatas por la Patagonia, de los calores de Misiones y de los coyas de Salta: 
El tango es patrimonio nacional, pero la verdadera música que reina en la calle argentina es la cumbia.
El mundo se divide entre Boca y River, entre Charly y Gustavo, entre Macri y Cristina, entre el interior y la capital, entre los que dicen "publicidad" y los que dicen "propaganda", entre el periodista Jorge Lanata y el programa kirchnerista 6,7,8, entre las rochas y las chetas, entre las divas televisivas Mirtha Legrand y Susana Giménez.
En Argentina, el fin del mundo siempre parece a la vuelta de la esquina, pero rara vez suele llegar.
Tan acostumbrados están los argentinos a vivir al borde del precipicio que han inventado un arte, el del "atado con alambre", que ha vuelto a este país creativo e ingenioso, sobreviviente y con una capacidad infinita de adaptarse a la montaña rusa que es este fascinante lugar.
La vida es vertiginosa y el ritmo político de Argentina, más. 
Lo que hoy es seguro puede cambiar radicalmente al día siguiente. Y esa es una lección que aprendió a golpes este periodista, que se equivocó muchas veces y al que le costó entender que muchas cosas no son lo que parecen y que muchas otras necesitan buena dosis de perspectiva y contexto.
El político que parece un líder indiscutible en enero puede no ser nadie el diciembre. Y viceversa.
El equipo que arranca con dudas un Mundial de fútbol puede llegar a la final del campeonato.
El "default técnico" que muchos temían en julio de 2014 no trajo el apocalipsis al país.
Y cuando pensabas que jamás podría gustarte el mate o el fernet, sucumbiste. Todo cambia.
El choripán no es un pan con chorizo. Es un ícono pop y un símbolo político. Más allá de eso, en Argentina siempre hay que darle un aplauso al asador.
Y el tema del dólar "es complicado". Pero el del Peronismo, aún más. 
Unos días los argentinos creen que éste es un "país de mierda", que en algún momento de su historia se frustró su destino de potencia mundial o que no hay manera de ser "normal", pero a mí me gustan más cuando desafían al resto del mundo: "Decíme qué se siente".
El argentino es humilde, amable y familiar, reparte abrazos y dice te quiero a menudo. Se interesa por saber más de quien viene de fuera.
Son mujeres y hombres para los que el asado del domingo es sagrado, que golpean cacerolas para protestar y para celebrar, que han hecho un arte de la costumbre de hacer fila y esperar, para los que la amistad está por encima de todo. 
No importa que en realidad seas manchego y que nunca en tu vida hayas pisado Galicia. Si eres español, el Argentino te llamará "gallego". Ah, la "interna". Una de esas palabras que todo periodista extranjero debe aprender para entender que detrás de cada historia hay un conflicto, una rivalidad, una tensión, a menudo entre grupos que buscan fines similares.
La interna peronista, la interna del sindicato, la interna de la asociación de víctimas. El reflejo de una sociedad que ama el debate y la discusión y una trampa para el que crea que en este país todo es como parece.
Cuando tienes una duda no pides que te la aclaren, preguntas "si puedes hacer una consulta".
Llegas a Argentina y te causan gracia los chamuyos (el arte nacional del piropo), pero detestas el drama y el histeriqueo (ahora me gustas y después no, ahora que me buscas ya no te quiero). 
Ahora te cansa el chamuyo, pero te has convertido en un dramático histérico y vivirás con esa divertida maldición por el resto de tu vida.
Besos. Besos por todos lados... En la fila del mercado, besos. En el cine, besos. Y cuando te presentan a alguien nuevo, besos.
Los argentinos no responden al estereotipo de seres arrogantes ni se creen superiores. 
Los argentinos tienen las cataratas de Iguazú y el glaciar Perito Moreno, los cerros del Norte y los picos de la Patagonia, los vinos de Mendoza y las ballenas del sur. 
Los argentinos tienen el dulce de leche, la carne, la mano de Maradona, a Ricardo Darín y a Las Leonas, la noche de Palermo, Relatos Salvajes, Esperando la Carroza y las páginas de Borges
"El argentino no es arrogante, es sólo que es consciente de que vive, sin lugar a dudas, en uno de los mejores lugares del mundo."



martes, 8 de septiembre de 2015

El Paso

Ensayo de Policial

El joven, aterrado, contenía su respiración escondido en el lavabo del hediondo baño de la estación de servicio, mientras ese extraño hombre silbaba tranquilamente al orinar. Había tenido la suerte de estar en el baño cuando el sujeto se bajó de una camioneta blanca y avanzó con determinación, pistola en mano, hacía el interior del local donde el encargado se encontraba, como todos los viernes, haciendo el balance económico de la semana.
El muchacho permaneció inmóvil, agazapado, deseando pasar inadvertido mientras se producía lo que creía un simple robo.
La estación de servicio, estaba ubicada en un lugar desolado, un paraje de ruta a unos quince kilómetros del pueblo más cercano. Eran mayormente camioneros quienes paraban a repostar gasolina, además de los pocos vecinos de la zona, que transitaban el campo con sus cansados y derruidos tractores.
- ¿Quién me manda a meterme en este quilombo? – Rezongaba el joven para sus adentros, mientras suspiraba con alivio al escuchar alejarse los pasos del vándalo. Sabía que algo andaba mal, por la tranquilidad del sujeto y el atroz silencio que se mantuvo durante el episodio. Agustín Distéfano era su nombre, y aunque provenía de una población cercana, nadie lo conocía en el pueblo. Alquilaba una pieza en una estancia vecina a la estación de servicio. Pasaba su tiempo observando el campo y retratando aves silvestres, cuando no atendía los surtidores de nafta por unos pesos que meramente le alcanzaban para cubrir sus gastos de manutención.
La afronta familiar se había encrudecido tras el fallecimiento de Don Olmos, antiguo y respetado vecino de Capitán Indarte, pueblo al que se llegaron sus antepasados, provenientes de Irlanda a mediados del siglo XIX. Su hijo menor, Ernesto, vivía de forma ermitaña en la casa materna de su difunta madre. Susana, la mayor de los dos hermanos Olmos, residía con sus hijos y esposo en una hermosa casa de un reciente vecindario del pueblo.
La herencia de Don Olmos constaba de una centena de hectáreas repartidas en tres campos, la estancia familiar; donde Susana y Ernesto se criaron, y la antigua estación de servicio “El Paso”, que era el mayor orgullo del pobre viejo Olmos.
Cristian Álvarez, esposo de Susana y cuñado de Ernesto, era el hombre de confianza de Don Olmos a cargo de la gasolinera. Incluso antes de que el pobre viejo cayera enfermo. Cristian siempre fue honesto, trabajador y un excelente padre de familia,  lo cual alimentó el deseo de su suegro de que este continuara gerenciando el negocio familiar tras su deceso.
Así fue que surgió la necesidad de contratar a un empleado que atendiera el negocio. Cristian debía ocuparse de todo y necesitaba una mano para cubrir al menos un turno. Muchos pasaron por el puesto. La falta de seriedad, y en algunos casos la facilidad de los hombres para meter la mano en la lata ajena, llevaron a Cristian a tener algunas refriegas y contiendas indeseadas. Algunas incluso con llamadas a la policía y denuncias de robo. Esto le ayudó a ganarse algunos enemigos entre los holgazanes de turno que habitaban Coronel Indarte.
Agustín había llegado tan sólo dos semanas antes del suceso, recomendado por un transportista de grano que desde hacía años paraba a repostar y conversar con Cristian.
Todos los viernes alrededor de las 22 hs. Cristian se sentaba en una mesita y repasaba los números de la semana. Sus amigos y algunos conocidos del pueblo, sabían que ese era el momento propicio para visitarlo y tomarse una copa con él. Era una de las pocas veces que permanecía en la estación de servicio durante el turno de Agustín. Incluso Susana, aprovechando que sus hijos ya eran adolescentes, hacía planes sin Cristian los viernes por la noche.
Luego de la explosión, cuando los bomberos consiguieron dominar el fuego, el agente Osvaldo Pugliese revisaba el perímetro buscando cualquier indicio que advirtiera la naturaleza de la explosión. Tarea difícil, siendo el fuego un gran destructor de evidencias.
El cuerpo incinerado de Cristian yacía en el interior del local. El estado del mismo no permitía determinar si había sido víctima de violencia, pero era determinante el hecho de que no haya podido escapar encontrándose su cadáver a escasos metros de una puerta que daba a la parte trasera de la estación. O en todo caso, la dimensión de la explosión habría sido tal como para terminar con su vida súbitamente. Sin embargo esta idea desconcertaba a Pugliese, ya que los surtidores se encontraban a una importante distancia del lugar donde fue hallado el cadáver del encargado.
Al día siguiente, el detective a cargo de la investigación; el anteriormente mencionado: Osvaldo Pugliese, tomó declaración a Susana. La reciente viuda se encontraba en un entendible estado de shock, pero además de ira y desdén. Comenzó a sugerir cada vez más notoriamente que su hermano Ernesto cargaba con la autoría del crimen de su esposo.
- Ernesto siempre ha querido hacernos daño, quien sabe lo que es capaz de hacer una mente enferma como la suya. Su envidia hacia Cristian y su terrible recelo vienen de hace tiempo. Nunca aceptó que nuestro padre depositará en mi esposo la confianza que no pudo cederle a su propio hijo. Además, no es novedosa para nadie la afición de Ernesto por explotar cosas.
Pugliese nunca tomaba las cosas así como venían de primera mano. Sabía que cada aspecto y cada hecho merecían al menos el beneficio de la duda. Tenía que haber algo más, algo que debía estar ahí en algún lugar de la escena. Quería ahondar más antes de dirigir su investigación sólo hacia Ernesto Olmos. Así es que, como buen investigador, mantuvo todas las variables abiertas. Además, aún no había prueba alguna de que la explosión haya sido causada voluntariamente.
Pocos sabían de su extraña obsesión de explotar todo tipo de objetos. Desde niño, Ernesto Olmos, ensayaba sus bombas caseras y sus pócimas explosivas utilizando todo tipo de material inflamable. Siempre ha sido metódico, silencioso e implacable en la ejecución de sus experimentos. Por este motivo era casi incomprensible como hacia tan sólo dos años, durante la noche de año nuevo, casi incendia su vivienda tras intentar desplegar una serie de fuegos artificiales caseros. Hasta entonces solamente unos pocos amigos de la infancia y su hermana conocían esta faceta de Ernesto, pero este último hecho y la necesaria actuación de los bomberos le dejaron en evidencia ante toda la comunidad.
No se dejaba ver mucho en el pueblo, ni se relacionaba con la gente. Era de dialogo corto, mirada furtiva y siempre parecía estar en actitud de alerta. En sus pocas apariciones sociales, podía vérsele en la taberna sentado en la barra y siempre jugueteando con un encendedor, dándole vueltas, abriendo y cerrando la tapa del mismo. Se trataba de uno de esos mecheros de bencina, que tenía tallada una visible y colorida imagen que cualquiera podría reconocer.
Luego de encontrar a Agustín Distéfano, quien se las había tomado luego de ver la muerte de cerca, la investigación de Pugliese dio un vuelco. Ahora tenía un testigo que aseguraba haber visto a un sujeto armado, y a la victima inconsciente en el suelo, atado de pies y manos. El pobre muchacho se sentía con culpa por haber huido sin dar aviso a la policía o a una ambulancia luego de ver tendido a Cristian Álvarez. El terror que sufrió y un exagerado instinto de supervivencia, le convirtieron en un cobarde. Pero eso es caso aparte. Ahora Pugliese también debía lidiar con la posible autoría del crimen por parte de  Agustín Distéfano: ¿Testigo o culpable? No obstante, su instinto le decía que el muchacho escapo víctima del espanto.
Luego del relato de Agustín, Pugliese fue a inspeccionar personalmente el baño de la estación de servicio, cosa que había dejado en manos de la policía científica. El baño era la única parte del lugar que no había sufrido grandes destrozos. Tras una minuciosa inspección, para su gran sorpresa, allí encontró el encendedor que Ernesto Olmos siempre llevaba consigo. ¿Coartada o descuido de asesino novato? Alguien podría haberlo dejado a posta, incluso llevarlo después de la inspección policial. O siendo un descuido del asesino, podría haber permanecido allí, apoyado en la pequeña ventana del baño. Esto último le parecía poco probable, no obstante se guardó esta información para sí y continuó con la investigación.
Sus hipótesis le fueron acercando poco a poco a desenredar la trama de un crimen bien planeado.
Un ex empleado de Cristian Álvarez, con quien tuvo un serio problema por falta de dinero en la estación de servicio, resultó ser amante, autor y cómplice de Susana en el asesinato de su marido. Además, por cierto, de ser el padre biológico del hijo más joven del matrimonio entre Susana y Cristian.
La descripción de Agustín coincidía con la del hombre que los viernes por la noche recogía a Susana en una camioneta blanca. Posteriormente, Agustín pudo reconocerlo en persona.
Cristian escondió a su mujer que había contratado a un nuevo joven como empleado. Susana le reprochaba el gasto que ese salario significaba y le decía constantemente que su padre, Don Olmos, se lo habría ahorrado.

Ernesto nunca bajo ningún motivo se desprendía de su encendedor. Además, jamás en su vida ha podido silbar.