(fragmento
anexado a “Untergehen – Entrando al Reino de las Sombras”)
El día que me di cuenta que no era importante, todo varió. En realidad no fue un día, ni un punto, sino una lenta conciencia, de pasos arrastrados y actitud derrotada, que camina hacia ese punto visualizado en el primer segundo de lucidez.
El día que me di cuenta que no era importante, todo varió. En realidad no fue un día, ni un punto, sino una lenta conciencia, de pasos arrastrados y actitud derrotada, que camina hacia ese punto visualizado en el primer segundo de lucidez.
A partir de ese
momento, al principio, experimenté una masiva perdida de interés en casi todo.
Como si todo tuviese importancia gracias a mi estelar actuación, imaginaria o
real. A esto le siguió la abulia y algunas nauseas. Así fuimos dando lugar a
una larga serie de indeterminaciones que me estaban convirtiendo en una cáscara
que camina. Ser yo o ser nadie venía siendo casi lo mismo.
Empecé a aburrirme, de todo. No había emoción alguna que me movilizara, bueno, no al menos alguna digna de mención.
Empecé a aburrirme, de todo. No había emoción alguna que me movilizara, bueno, no al menos alguna digna de mención.
Comenzaba a ser
evidente que de mí mismo debía salir la acción liberadora o la decisión
impulsiva que me llevara a dar un portazo, arrastrar mis vagos huesos a nuevas
aventuras y perderme físicamente, para
encontrarme con el espíritu, con esa esencia silenciada del mundo que, aún,
yacía y yace, dentro de la cara visible que viste mi mortalidad.
Cada tanto sucede que
uno deja de ser importante; para alguien, para un grupo, para gente que pasa
por nuestra vida temporalmente…incluso para los propios fantasmas que vagan
como sombras en nuestra memoria. Por eso veo que el apego no lleva a buen
puerto. Es un gran anatema de la existencia del hombre, que siendo mortal se
apegue tanto a los que pasarán como él.
¿Acaso esta recurrente actitud justifica la creencia de una vida en el más allá? ¿No será que esa idea nace de la propia personalidad del hombre, de no abandonar aquello que ama? ¿Ni siquiera después de la vida?
¿Acaso esta recurrente actitud justifica la creencia de una vida en el más allá? ¿No será que esa idea nace de la propia personalidad del hombre, de no abandonar aquello que ama? ¿Ni siquiera después de la vida?
Nadie ha vuelto de la
muerte como para ayudarme a dispensar estas cuestiones. Sin embargo, parece
existir una evidencia que brota del sentimiento del hombre, como signo de su
ADN espiritual, que sugiere figuras de inmortalidad; rúbricas de fracciones de
existencia que no se ven afectadas por la caducidad de los tiempos efímeros de
la vida.
Así, emprendí la nueva empresa, o mejor llamémosle; la osada cruzada de intentar no depender de la importancia que genero en los demás. Y si bien, tenía mis justificaciones para tal difícil ejercicio, supe más pronto que tarde que dotar de conciencia a todos los actos y acciones de un ex-animal, me conducirían a hacía una desesperación constante. Al controlar algo, debes controlar todo lo demás. Ya que las consecuencias de una primera intervención, influenciarían directamente en el resto, y así sucesivamente.
En resumen, era necesario tener ciertas bases. Normas importantes que rijan un proceder que estuviese contemplado por el espíritu, para así no perderse en laberintos y abismos – como estos en los que me disipo al intentar abordar con más amplitud el tema inicial de este escrito -.
De por sí, la “importancia” (el hecho de ser importante) contempla una idea conjunta, es decir, una noción que comparten varios participantes. Y de cómo la intervención de los mismos genera un orden de prioridades y jerarquías, que ubican a cada uno en un lugar. Aunque no siempre sea el merecido o deseado. Entonces esta idea de importar, viene atada indefectiblemente al ego. El cual se ha ganado por repetición el título de “verdugo propio” durante la historia del hombre sobre la tierra. Y también, aunque sólo en lo relativo al aspecto, a la posición, al dinero, al éxito efímero y demás banales comodidades; el ego también hace justicia de su impronta avasalladora y temperamental.
Así, emprendí la nueva empresa, o mejor llamémosle; la osada cruzada de intentar no depender de la importancia que genero en los demás. Y si bien, tenía mis justificaciones para tal difícil ejercicio, supe más pronto que tarde que dotar de conciencia a todos los actos y acciones de un ex-animal, me conducirían a hacía una desesperación constante. Al controlar algo, debes controlar todo lo demás. Ya que las consecuencias de una primera intervención, influenciarían directamente en el resto, y así sucesivamente.
En resumen, era necesario tener ciertas bases. Normas importantes que rijan un proceder que estuviese contemplado por el espíritu, para así no perderse en laberintos y abismos – como estos en los que me disipo al intentar abordar con más amplitud el tema inicial de este escrito -.
De por sí, la “importancia” (el hecho de ser importante) contempla una idea conjunta, es decir, una noción que comparten varios participantes. Y de cómo la intervención de los mismos genera un orden de prioridades y jerarquías, que ubican a cada uno en un lugar. Aunque no siempre sea el merecido o deseado. Entonces esta idea de importar, viene atada indefectiblemente al ego. El cual se ha ganado por repetición el título de “verdugo propio” durante la historia del hombre sobre la tierra. Y también, aunque sólo en lo relativo al aspecto, a la posición, al dinero, al éxito efímero y demás banales comodidades; el ego también hace justicia de su impronta avasalladora y temperamental.
Supongo que debo
intentar ser importante para mí mismo, sin ser un cretino para con los demás.
Mucho menos con aquellos para quienes sí soy importante.
También, supongo que debo ser importante para los demás con quienes comparto dialogo, trabajo, afecto, compañía; sin que eso signifique competencia, egocentrismo absoluto, egoísmo o innecesario apego.
También, supongo que debo ser importante para los demás con quienes comparto dialogo, trabajo, afecto, compañía; sin que eso signifique competencia, egocentrismo absoluto, egoísmo o innecesario apego.
De cualquier manera,
esto es importante. Pensar lo es. Vivir este instante cómo único lo es. No
dejar pasar este pensamiento - como tantos otros – y tallarlo sobre un escrito
también lo es.
Porque hay realidades invisibles que tienen mucha importancia, verdadera importancia, mayor importancia que muchas de nuestras preocupaciones cotidianas por las cuales perdemos la mira de lo que en realidad importa.
Porque hay realidades invisibles que tienen mucha importancia, verdadera importancia, mayor importancia que muchas de nuestras preocupaciones cotidianas por las cuales perdemos la mira de lo que en realidad importa.
De esta manera fue que
de vez en cuando abandono la abulia y el aburrimiento de nadar en este océano
de aguas peligrosas, cuyas corrientes suelen arrastrarme hacía destinos fútiles
e insípidos. Y me adentro en las profundidades para nadar en más dimensiones y
rozarme con esas sensaciones que me demuestran fielmente que los de mi raza
somos “mortales-infinitos”.
Pero sólo de vez en cuando.
Pero sólo de vez en cuando.
PD: Dime de qué
presumes y te diré de qué careces.
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